“Hermano mayor”, en Cuatro

Lo mismo podemos decir de “Hermano mayor”, que la cadena Cuatro viene emitiendo de manera discontinua desde hace un par de años. Por un lado, al exdeportista que ejerce de mentor de adolescentes conflictivos se le ve buena intención, y podemos certificar que este es uno de los pocos programas de televisión en los que expertos y personas afectadas han detallado cómo el cannabis perjudica al cerebro de sus consumidores y cómo los puede llevar al fracaso escolar. Además, los consejos que se proponen en este programa para salir de crisis familiares graves pueden resultar útiles para muchas familias.

Pero, por otro lado, de nuevo hay que preguntar a los responsables de la cadena Cuatro si esta es la manera más adecuada de tratar estos temas, teniendo en cuenta que quienes aparecen ante las cámaras maltratando a sus propios padres son chavales y chavalas. Que vale, que al final normalmente han mejorado en su actitud y se muestran agradecidos al equipo del programa, pero que no se dan cuenta de que en cierta medida podrían estar hipotecando su porvenir. Porque resulta que a partir de ahora todos sus vecinos van a conocer su historia. Porque resulta que a lo mejor sus futuros empleadores o sus futuros compañeros de trabajo se han quedado con sus caras.

La ropa sucia se lava en casa, y por muy desesperado que se esté, seguramente hay opciones mejores que llevar a un niño a un programa de televisión, dicho sea de paso con todo el respeto y el cariño que merecen las familias afectadas.

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Un “reality show” de la cadena Cuatro

La cadena Cuatro ha estrenado en los últimos años varios “reality shows” en los que personas en su mayoría muy jóvenes exponen públicamente sus problemas con las drogas. En una de estas emisiones, titulada “Soy adicto” y estrenada en abril de 2010, varias personas en tratamiento conviven en una casa más o menos como si fueran los concursantes de “Gran Hermano”. A través de sus testimonios y de los de sus familiares (”yo me drogo para dejar de pensar”; “mi vida la defino como perdida, sin rumbo”; “no solamente lo pasa mal la persona que toma, lo pasan mal las personas que tiene alrededor”) y también a través de sus reacciones (tienen los nervios a flor de piel, lloran con frecuencia), el espectador no tarda en deducir que estos seres humanos están sufriendo mucho, e incluso le termina quedando claro que el consumo de drogas está relacionado con la agresividad y que muchos niños terminan imitando el comportamiento adictivo de sus mayores.

Pero cabe preguntarse si de verdad era necesario mostrar la preparación de un porro en escenas similares a las repetidas machaconamente en los reportajes de “Callejeros”; si de verdad era necesario exhibir a una muchacha y a su pareja aspirando los gases que salen del papel de plata que están quemando; si de verdad era necesario mostrar la distribución de la dosis de cocaína en rayas antes de su consumo. Y también cabe preguntarse si tanto a estos jóvenes como a los de “El campamento” (emitido por Cuatro entre septiembre y octubre de 2010) les va a beneficiar en su vida futura el hecho de haber expuesto su intimidad ante las cámaras; por ejemplo, a la hora de intentar integrarse en el mercado laboral.

Los jóvenes adictos a las drogas, víctimas de una cruel maquinaria de la que la televisión es uno de los engranajes, merecen más compasión y protección.