Encarna Sánchez y los servicios secretos

“Las noticias e informaciones que se divulgan con mucho apoyo oficial y mediático son las que son apoyadas por los amos del mundo. Conviene sospechar de ellas sistemáticamente. […] Por el contrario, las noticias que son silenciadas, evitadas, ridiculizadas o directamente ignoradas, como si no existieran, lo son porque molestan a los amos del mundo”.

“Kit básico para no morir idiota”, publicado en el blog No morir idiota, enero de 2011

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La locutora de radio Encarna Sánchez (1935 o 1939-1996) ha sido probablemente la persona más desprestigiada por los medios de comunicación españoles en los últimos veinte años, a pesar de que en vida fue líder de audiencia y millones de seguidores escuchaban atentamente sus editoriales de lunes a viernes a las cuatro de la tarde. Quien esto suscribe fue oyente de Encarna desde que su emisión radiofónica pasó de la noche a la franja horaria de la tarde, de cuatro a siete, en la cadena Cope (1984), hasta que falleció el Viernes Santo de 1996 a los 56 o 59 años de edad. En las líneas que siguen voy a transcribir una serie de recuerdos que han quedado grabados en mi memoria con el fin de intentar dilucidar los motivos por los que la reputación de esta mujer ha sido pisoteada hasta la saciedad.

Recuerdo que Encarna Sánchez fue una persona enormemente generosa que ayudó a muchísima gente a salir de situaciones complicadas. Puso los micrófonos de su espacio radiofónico al servicio de todos aquellos que necesitaran ayuda de cualquier tipo y regaló desinteresadamente muchísimo dinero a personas e instituciones que se encontraban en aprietos. Esto último se supo después de su muerte (véase el artículo de Antonio Burgos titulado “El linchamiento de Encarna”).

Recuerdo que Encarna Sánchez tuvo que luchar mucho por hacerse respetar en una sociedad machista. Las zancadillas que una y otra vez tuvo que sortear forjaron un carácter aparentemente fuerte que escondía una gran sensibilidad y por ende una buena dosis de lo que actualmente se conoce como empatía. Siempre defendía a los débiles frente a los abusos de los poderosos. Una tarde contó que, cuando era joven, la despidieron de uno de sus primeros trabajos por partirle un sillón antiguo en la espalda a su jefe después de que este insultara a una compañera. “Y me vi en la calle con tres pesetas en el bolsillo. Y a ver cómo se lo explicaba yo a mi madre”.

Recuerdo que Encarna Sánchez respondió así a un interlocutor que afirmaba que era necesario ser padre para sentir como propio el daño que le puedan infligir a un niño: “Mire, yo no tengo hijos, pero ¡ay de aquel que se atreva a ponerle la mano encima a un niño delante de mí!”.

Recuerdo que Encarna Sánchez jamás hizo ningún chiste en referencia al consumo de drogas ni lanzó ningún mensaje de apología de las mismas. Antes al contrario, en su emisión radiofónica recogía continuamente los testimonios de las madres de los jóvenes adictos, exponiendo el infierno que estaban viviendo numerosas familias en los años ochenta y noventa en el marco de lo que posteriormente se ha llegado a calificar de genocidio.

Recuerdo que Encarna Sánchez siempre estuvo del lado de las víctimas del terrorismo. Cada vez que se producía un atentado demostraba un valor inusitado a la hora de transmitir su indignación a través de las ondas. Esto le acarreó que sobre ella se cerniera la amenaza de la ETA.

Recuerdo que Encarna Sánchez fue la primera que les retiró el micrófono de la boca a todos aquellos que apoyaban el terrorismo, y animó a sus compañeros de profesión a que hicieran lo mismo.

Recuerdo que Encarna Sánchez confesó que en 1982 había votado ilusionada a Felipe González. Más tarde, asqueada por los casos de corrupción que muy pocos medios destapaban, se convirtió en el azote diario del gobierno socialista.

Recuerdo que Encarna Sánchez no toleraba ni el despilfarro ni el saqueo a manos llenas del dinero público, del dinero de todos los contribuyentes. Por ello fue muy crítica con la Expo 92, con los nombramientos a dedo de los altos cargos de las comunidades autónomas, con los escándalos que afectaban a instituciones como la Cruz Roja y la Guardia Civil, con las subvenciones millonarias y con el agujero negro en que se habían convertido las televisiones públicas. Asimismo, fue muy crítica con el intrusismo profesional y con las estrellas del mundo del espectáculo que percibían emolumentos millonarios procedentes del erario público tanto por actuar en Televisión Española como por hacerlo en la Exposición Universal de Sevilla.

Recuerdo que, en un panorama mediático casi totalmente controlado por el poder, Encarna Sánchez era una de las pocas voces que atacaba la corrupción generalizada. Su rebeldía le atrajo la antipatía de no pocos periodistas afectos al sistema.

Recuerdo que Encarna Sánchez cometió la osadía de enfrentarse al Ministerio del Interior y a las cloacas del Estado. No solo por el mal uso de los fondos reservados y por los crímenes de Estado, sino porque descubrió que sus conversaciones telefónicas estaban siendo grabadas. Si Encarna Sánchez no hubiera denunciado tantos escándalos de manera machacona (aunque no era la única que lo hizo), una buena parte de la población no se habría enterado y es probable que los altos cargos del Ministerio que dieron con sus huesos en la cárcel se hubieran ido de rositas.

Recuerdo que Encarna Sánchez fue víctima de acoso. Los supuestos paparazzi se apostaban en la verja del jardín de su casa para fotografiarla en su intimidad, provocándole sustos de manera continuada, dado que la mujer estaba amenazada por los terroristas. Llegaron a envenenarle un árbol del jardín que les estorbaba al tratar de enfocarla con la cámara, con el riesgo que ello entrañaba para los niños de una familia a la que había invitado a su casa.

Recuerdo que Encarna Sánchez fue víctima de un robo presuntamente por parte de su servicio doméstico.

Recuerdo que los intentos por desprestigiarla fueron continuos en los últimos años de su carrera. Hubo quienes afirmaban que estaba loca, precisamente porque el diagnóstico de enfermedad mental la podía incapacitar para ejercer el periodismo.

Recuerdo que, en 1986, el dúo humorista Martes y Trece parodió, en Televisión Española, una llamada al espacio “Encarna de noche” en el transcurso de la cual una oyente de Móstoles le comentaba que la estaba escuchando mientras preparaba unas empanadillas. La broma, que hizo reír a millones de españoles, no la ofendió, y Encarna asistió de incógnito en varias ocasiones al espectáculo teatral con el que Martes y Trece rentabilizó el éxito televisivo. Sin embargo, años más tarde, los mismos humoristas que tanto dinero habían ganado parodiándola se pusieron al servicio del poder de la manera más rastrera y miserable imitándola con muy mala uva en la emisión especial de Nochevieja de Televisión Española, en la que daban a entender que Encarna era homosexual. Esto la hizo sufrir mucho y, según explicó posteriormente, pudo ser el desencadenante de su enfermedad.

Recuerdo que para Encarna Sánchez la honradez estaba por encima de la ideología y que solía mostrar un gran respeto por aquellos políticos, tanto de izquierdas como de derechas, que no habían robado. Se llevaba bien con Julio Anguita y en cierta ocasión se mordió la lengua para no discutir con él. Durante los últimos años de su espacio radiofónico, Encarna concedió una total libertad de expresión a colaboradores como Antonio Gala, Pablo Castellano, Antonio Hernández Mancha y creo recordar que también (y esto es importante) a Luisa Isabel Álvarez de Toledo, la duquesa de Medina Sidonia.

Recuerdo que Encarna Sánchez fue muy crítica con el espectáculo televisivo que se organizó en torno a la aparición de los cuerpos de las niñas de Alcácer en 1993.

Recuerdo que, gracias a los ingresos procedentes de las cuñas publicitarias de su espacio radiofónico, Encarna Sánchez se permitió el lujo de vivir en la urbanización de La Moraleja (en Alcobendas, al norte de Madrid). Allí fue vecina de una joven, Anabel Segura, que la saludaba todas las mañanas cuando se la cruzaba por la calle y que era oyente de su programa de radio. Anabel fue secuestrada en abril de 1993 y Encarna lo dio todo por ayudar a su familia a encontrar a la muchacha. A través de la radio retransmitió una y otra vez la grabación de la voz del presunto secuestrador por si alguien llegaba a reconocerla. Cuando las esperanzas por encontrar a la muchacha con vida se desvanecían, Encarna se desahogó llorando ante el micrófono en directo, y confesó que temía que hubieran secuestrado a Anabel para hacerle daño a ella. En 1995, cuando el cuerpo de Anabel apareció sin vida, la diatriba de Encarna contra la policía por su ineficacia fue descomunal.

Recuerdo que Encarna Sánchez padeció tres veces consecutivas esa mala enfermedad que tan frecuente es hoy en día. Llegó a perder la vista durante un tiempo y, fiel a sus oyentes, seguía sentándose delante del micrófono a las cuatro de la tarde tras regresar en avión desde Suiza, donde por la mañana se sometía a un tratamiento.

Recuerdo que, poco antes de morir, Encarna dijo que sus tres hermanos varones, por quienes ella sentía un gran afecto, habían fallecido recientemente uno detrás de otro.

Recuerdo que, según declaró Encarna en cierta ocasión, de ella se solía decir que “Encarna vale más por lo que calla que por lo que cuenta”.

Recuerdo que Encarna Sánchez comentó la propuesta que le había hecho un editor de publicar sus memorias en un libro, y que su respuesta había sido que necesitaba por los menos a dos personas para ordenar todos los documentos que guardaba en sus archivos.

Recuerdo el titular de la portada de esa porquería de papel cuché que sigue siendo la revista más leída de España: “Encarna Sánchez se está muriendo”. Y la protesta de Encarna a través del teléfono en la que creo que fue su última intervención, ya con la voz distorsionada.

Recuerdo que Paloma Gómez Borrero dio la noticia, a través de la Cope, del fallecimiento de Encarna mientras retransmitía desde el Vaticano la celebración del Viernes Santo. Sus palabras fueron muy conmovedoras y desde entonces doña Paloma siempre se mantuvo muy respetuosa con la memoria de Encarna.

Recuerdo que Mari Cruz Soriano, a quien finalmente la cadena Cope confió la dirección de la emisión de las tardes durante un breve período, también fue muy respetuosa con la memoria de Encarna.

Recuerdo el día en que falleció Encarna Sánchez como uno de los más tristes de mi vida.

El circo mediático que vino después ya es de todos conocido.

Pocos fueron los que salieron en su defensa, como Luis del Olmo (“lo que están haciendo con Encarna es una canallada”). Varios de los colaboradores de Encarna demostraron su ingratitud apuntándose a la gran farsa y quedando por ende a la altura del betún.

Por supuesto que Encarna tenía defectos y que cometió errores (¿quién no se equivoca cuando pasa horas y horas hablando en público?). Pero la destrucción reiterada de su reputación, por parte de la mayoría de los medios de comunicación, a partir de su fallecimiento, resulta cuando menos llamativa.

No voy a descubrir América si digo que tras esa campaña continua de difamación, que seguramente se reanudará con fuerza cuando el próximo mes de abril se cumplan veinte años de su muerte, lo que hay es un aviso a navegantes.

Que ojito con llegar tan lejos como llegó Encarna.

Que mucho ojo con volver a tocarle las narices al establishment o poder establecido.

Porque en España vivimos en una dictadura, en un régimen de terror disfrazado de democracia en el que los disidentes de verdad van siendo eliminados sistemáticamente gracias a un ejército de psicópatas que dispone de una tecnología asesina inimaginable para la mayoría de la población.

Los otros, los que son aupados por los medios de comunicación, no son disidentes de verdad.

Son otra cosa.

Conrad R.

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