La inteligencia de los médicos

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Este texto es una crítica dirigida a una parte de los profesionales de la medicina, no a todos los médicos. Vaya por delante mi admiración hacia todos aquellos miembros del colectivo sanitario que han expuesto su vida y la siguen exponiendo por ayudar a los demás, y hacia todos los que han perdido la vida por ejercer su profesión en los hospitales y centros de salud en estos meses, abandonados a su suerte por nuestros pésimos administradores.

La escritora argentina Esther Vilar publicó en 1987 el ensayo titulado El encanto de la estupidez, cuya tesis central es la siguiente: como actualmente las máquinas superan a las personas en muchas de las facultades incluidas en el concepto de inteligencia, es necesario caracterizar como inteligencia aquello en lo que los seres humanos todavía somos superiores a las máquinas. Según la autora, la definición siguiente sería la más apropiada:

inteligencia = imaginación + sensibilidad

“Esto es, por una parte, la imaginación (facultad perceptiva, inventiva, capacidad para el pensamiento abstracto), y por otra, la sensibilidad (intuición, delicadeza, instinto, capacidad para compartir sentimientos, tacto). Estas cualidades, bastante simplificadas, son reconocibles en la medida de originalidad, creatividad y humor que posea una persona determinada, y por el grado de respeto, altruismo y tolerancia que reserva a sus semejantes, ya que ella puede ponerse en el lugar de otros gracias a su sensibilidad. Por consiguiente, no conviene decir coeficiente de inteligencia, sino más bien volumen de inteligencia“. Lo contrario de la inteligencia, la necedad, será la suma de ineptitud imaginativa e insensibilidad. “Por consiguiente, una persona necia carece de originalidad, creatividad y humor, y, respecto de sus semejantes (en cuyo lugar no puede ponerse por falta de delicadeza), de compasión, respeto y tolerancia”.

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Esther Vilar en 1977. Fuente: Wikipedia.

A continuación, Vilar pasa revista a los miembros de distintos estamentos (los ejecutivos de las grandes empresas, los deportistas, los políticos, los banqueros, los empresarios, los militares, los obispos, los jueces), muchos de los cuales demuestran un enorme afán de dinero y poder y son, según ella, simplemente necios (aunque hoy, en 2020, algunos de ellos serían calificados de psicópatas o sociópatas). La escritora, que estudió medicina, también dedica unos párrafos a los médicos:

“¿Cabe atribuir a la casualidad el hecho de que en los países donde se ha puesto fin a ese afán de lucro y se ha nacionalizado la sanidad para beneficio de las clases modestas, se haya deteriorado hasta tal punto la calidad de la asistencia prestada que tanto los pobres como los ricos dejarán de confiar muy pronto en sus hospitales? ¿Es imputable a la casualidad el hecho de que, justamente, aquellos para quienes todos deberían ser iguales, distingan entre enfermos pudientes y menesterosos […]?”

“Médicos. Nosotros nos aterrorizamos cuando se atribuye de nuevo a uno de ellos la experimentación con seres humanos. Cuando se descubre que una brutal organización terrorista obedece las órdenes, precisamente, de un pediatra. Cuando se hace saber que la tortura en las prisiones de Iberoamérica tiene lugar bajo supervisión médica, porque solo así la víctima estará en condiciones de soportar el siguiente interrogatorio. Cuando oímos hablar sobre los psicofármacos del gulag soviético o de los experimentos estadounidenses con material radiactivo. ‘No es posible semejante cosa’, exclamamos, ‘esos no pueden ser médicos’. Pues sí, médicos”.

Las atrocidades que se han cometido en nombre de la eugenesia, tanto en Estados Unidos como en Europa, fueron llevadas a cabo, en última instancia, por médicos, como se muestra en este documental (muy recomendable):

Higiene racial (G. Dreyfus, 2013; el documental también se puede ver aquí)

Actualmente, muchos de ellos dan prioridad a sus emolumentos por encima de todo, incluso por encima de la salud de sus pacientes (aunque sean niños), y se muestran muy obedientes ante los políticos comprados por los laboratorios. Hay notables excepciones, por supuesto, pero solo aparecen en Internet (no en la tele), y estos médicos disidentes se exponen a perder su trabajo, su posición y su prestigio cuando, por ejemplo, dan la alarma sobre los riesgos que entrañan las vacunas, o cuando critican las medidas dictadas en 2020 para (supuestamente) protegernos del bicho.

De modo que ya podemos ir preparándonos para defendernos ante la imposición de la vacunación obligatoria sin contar con el apoyo con las batas blancas, que estarán en el bando opresor. En 2009, en Francia, un sindicato de enfermeras advirtió a la población de que la vacuna contra la supuesta pandemia de la gripe A no era de fiar. En 2020, de momento, ninguna asociación de médicos o enfermeras ha dado la voz de alarma ante la descarada campaña mediática que está preparando el terreno para la vacunación forzosa y el certificado de inmunidad obligatorio. Probablemente, a la mayoría no le temblará la mano a la hora de pincharnos, aunque estemos amarrados e inmovilizados por agentes de la policía. El tiempo lo dirá.

Con toda la información que existe acerca de los efectos secundarios de las vacunas y sobre su utilización como herramientas de control, y no decís nada. No os significáis, no os señaláis. No sea que vayáis a perder vuestro estatus.

Esther Vilar se queda corta con la palabra necedad.

Conrad R.

Este enlace conduce a más información sobre la eugenesia y la reducción de la población.

Este enlace conduce a más información sobre la pandemia de 2020.